martes, 26 de julio de 2016

¿No + AFP? Déjame explicarte algo

Borregos siguiendo al Flautista de Hamelín en Santiago
Fuente: El Mercurio
Para resumir en pocas palabras la iniciativa «No + AFP», puedo decir que quienes la respaldan creen que los ejemplos de personas que reciben pensiones «bajas» deberían recibir pensiones más «altas». Ciertamente, no es necesario prohibir que existan las AFP para conseguir esta meta, pero hay otra idea que se conjuga con la anterior para llegar al lema «No + AFP»: que las AFP perciben utilidades «excesivas» y deben, por lo tanto, dejar de existir con el fin de que ya no perciban ninguna utilidad. Esta última reflexión carece de sentido, por supuesto, pero realmente hay quienes consideran «injusto» que alguien perciba alguna ganancia. El problema con las AFP, además, consiste en que tienen un mercado cautivo a causa de la intervención estatal: la ley (DL 3500/1980) obliga a todos los que firman un contrato laboral a ahorrar en alguna AFP, lo cual implica pagarle por el servicio prestado.

Pensiones «altas» y «bajas»

¿A qué se refieren los «No + AFP» con las pensiones «altas» o «bajas»? Los «No + AFP» consideran dos factores a la hora de definir una pensión como «alta» o «baja»: 1) la proporción de la pensión con respecto a los sueldos cotizados y 2) un monto arbitrario considerado «suficiente» para sostener una vida «digna». De acuerdo con el primer criterio, una pensión será «alta» cuando tenga un monto equivalente o superior al de los sueldos cotizados: ellos no tienen en mente los ajustes ni la variación del IPC, pero seré generoso y admitiré que estos factores están incluidos en el cálculo. Asimismo, una pensión será «baja» si es inferior en, digamos, un 25% o menos al promedio corregido y actualizado (con ajustes y variación del IPC) del salario cotizado. De acuerdo con el segundo criterio, una pensión no debería ser inferior a un monto de —digamos— 450.000$ mensuales: debajo de este monto arbitrario, correrá el riesgo de ser considerada «baja».

Ahora bien, los «No + AFP» estiman que, si una pensión es «baja», el Estado tiene la obligación de complementarla —o proveerla completamente si la pensión es inexistente— hasta el punto en el que deje de ser «baja». Por supuesto, esto se haría con dinero de los propios trabajadores, pero no teniendo en cuenta su opinión al respecto. En otras palabras, el dinero sería tomado en contra de la voluntad de estas personas para financiar las pensiones de otras a las que no conocen o que no han tenido la oportunidad de cotizar —como reos, sacerdotes y políticos. Obligar a una persona a pagar los gastos de otra nunca es moralmente aceptable ni mucho menos un acto de solidaridad: se trata de un atropello contra la dignidad, inaceptable e injustificable. Aparte del insalvable problema moral, sabemos que un sistema de reparto es una estafa piramidal y resulta matemáticamente inviable en la realidad.

Lo que no saben —o no dicen— los «No + AFP» es que hay motivos lógicos que causan las pensiones «bajas» y que no tienen nada que ver con «justicia» ni con «dignidad»: los cotizantes ahorran poco, ganan salarios bajos y tienen lagunas en sus depósitos de ahorro previsional. Matías Godoy lo explica con claridad y detalle. Corregir estos problemas no es responsabilidad de las AFP.  Los «No + AFP» parecen hacerse eco de este hecho —que no es responsabilidad de las AFP resolver el problema de las bajas pensiones— cuando proponen que el Estado se haga cargo, pero esta propuesta contraería pensiones aún más bajas y cotizaciones más altas, es decir, menores sueldos. La intervención del Estado en las condiciones actuales ya produce un trabajo precario: con sueldos más bajos que los posibles en un mercado sin intervención y con alto riesgo de pasar periodos de cesantía a causa de las innumerables dificultades interpuestas por el legislador tanto para acceder a cuanto para ofrecer un empleo.

Utilidades y pensiones: una no-relación

Los «No + AFP» aseguran que las utilidades de las AFP provienen desde las ganancias obtenidas desde la inversión de los fondos de los cotizantes. Esto no es así. Las AFP obtienen sus utilidades desde la comisión que le cobran a cada cotizante por administrar sus fondos. El fondo de cada cotizante no ingresa jamás en las arcas de la AFP. Ciertamente, los fondos han de ser operados en conjuntos, pero las ganancias o pérdidas de ellos se reflejan de forma individual y no guardan relación con las utilidades de la AFP. Si alguien propone algún tipo de correlación entre estos factores, está mintiendo. Se trata de un engaño fácil de creer: por eso hay tantos que caen en él.

Otro argumento que tiene que ver con las utilidades de las AFP es que estas serían «excesivas». Francamente, no creo que obtener utilidades elevadas sea un vicio, sino una virtud. De todas maneras, las utilidades de las AFP rondan el 30%, lo cual no parece «excesivo» como afirman los «No + AFP». Si invierto 100$ y recibo 130$, habré percibido una utilidad del 30%. ¿Exceso? ¿Dónde?

Consideremos la posibilidad de que las AFP no cobraren comisión por el servicio prestado. ¿Resultado? Las pensiones serían iguales que ahora; pero las AFP no tendrían utilidades, sino pérdidas: esto es precisamente lo que quieren ver los niñitos «No + AFP». No les interesa, en el fondo, que las pensiones sean altas o que el sistema sea justo: solamente quieren observar la ruina de personas a las que envidian. Para lograrlo, no dudan en inmolarse a sí mismos entregándoles tanto sus fondos cuanto los ajenos a los funcionarios estatales, quienes defraudan un millón de pesos por segundo (1MM$/s).

Mentiras varias

Los «No + AFP» han interpuesto varias mentiras para respaldar su demanda de impedir que existan las empresas administradoras de los fondos de pensiones.

·         «Las pensiones serían más altas en un sistema de reparto»
Esta afirmación es desmentida por Matías Godoy (lo cité más arriba) y su falsedad resulta evidente para cualquier persona que sepa aritmética de 5to básico: no es posible sostener un sistema de reparto porque, eventualmente, el dinero de los demás se acaba y la solución política —elevar los impuestos— de este problema inicial contrae una reducción generalizada de la producción y de la riqueza.

·         «Las pensiones serían más altas en un sistema mixto»
Esta mentira es casi idéntica a la anterior, pero prolonga la agonía económica por un periodo más largo. El fin, por supuesto, sería el mismo: pensiones miserables que harían parecer un lujo incomprensible las entregadas actualmente por las AFP y defraudaciones periódicas de los fondos de pensiones para financiar el Transantiago.

·         «Es posible establecer un sistema que otorgue mejores pensiones»
El mejor sistema de pensiones del mundo es el chileno. No es perfecto, claro, pero no hay nada mejor allá afuera. ¿Cómo mejorarlo? Eliminando la obligación de cotizar y la exclusividad de las AFP para administrar los fondos, esto es, reduciendo la intervención estatal; no aumentándola. Resulta evidente que eliminar las AFP es una niñería, la exigencia propia de un berrinche: no una propuesta seria para mejorar el que ya es el mejor sistema de pensiones del mundo.

·         «El DL 3500/1980 es inconstitucional»
Esta mentira fue verbalizada por el senador Alejandro Guillier en la Cámara. Según él, la Constitución de 1980 ya estaba vigente cuando el DL 3500 fue aprobado. Lo cierto es que el DL 3500 fue aprobado el 04 de noviembre de 1980 y la Constitución no entraría en vigencia hasta el 11 de marzo de 1981. Pero, para alguien cuya meta es extender la intervención estatal (como los «No + AFP»), la consecución del objetivo es más importante que respetar la veracidad de los hechos: cualquiera lo sabe.

·         «El movimiento “No + AFP” no tiene fines políticos»
Prácticamente todos los defensores de «No + AFP» proponen una mayor intervención estatal en el sistema de pensiones. Una mayor intervención estatal implica una posición política a favor del socialismo —si no lo sabía, entérese—, de manera que resulta ingenuo o simplemente charlatán decir que un movimiento a favor de «más Estado» (como proponía Eduardo Frei hace años) no tenga fines políticos. Por supuesto que los tiene y su meta última es igualar las condiciones de Chile con las de Venezuela y Cuba.


Entonces, ¿de verdad quieres «No + AFP»?

lunes, 18 de abril de 2016

88 133 413 698 CL$

Imagen: El Mercurio

En palabras, la cifra del encabezado equivale a ochenta y ocho mil ciento treinta y tres millones, cuatrocientos trece mil seiscientos noventa y ocho pesos chilenos. Esta es la cantidad de dinero que declara haber desembolsado el gobierno de Chile durante el 2015 cada día del año (Informe de Finanzas Públicas 2015): el total gastado durante este periodo se eleva sobre los treinta y dos billones de pesos. Si admitimos que el ingreso per cápita ascendió a 23 564 US$ (= 15 707 762 CL$) según el FMI, concluimos que cada uno de los 17 865 185 chilenos (INE) recibe unos 43 035 CL$ al día.

Pero reduzcamos todos los valores al patrón diario y uni-personal. Cada habitante de Chile produce 43 035 CL$ al día y el Estado toma 4 933 CL$ para sus gastos, de manera que a cada persona le quedan 38 102 CL$: habrá perdido más de una décima parte de lo que ganó.

Tomemos otra perspectiva. El ingreso per cápita 2015, que equivale a 1 308 908 CL$ mensuales, le permite acumular 738 264 814 CL$ a alguien que trabaje desde los dieciocho hasta los sesenta y cinco años. Esto significa que el Estado gasta, cada día, 119 veces lo que un chileno promedio gana durante toda su vida.

Cada día, el Estado derrocha 67 333 sueldos mensuales per cápita y 352 533 sueldos mínimos. Los paladines de la «justicia social» no ven nada escandaloso en esto, por supuesto, porque ellos justifican el saqueo masivo y el derrochamiento de recursos cuando se hace en nombre del Estado.

miércoles, 13 de abril de 2016

Obviedades invisibles de las diferencias sexuales

Fuente: The Economist

He escuchado, alguna vez, que hombres y mujeres tienen las mismas capacidades, puesto que las personas de ambos géneros son esencialmente iguales. Esta afirmación, no obstante, está fundada más en un anhelo que en mediciones empíricas. Se cree que, si se cuestiona la presunta igualdad entre hombres y mujeres, se estará dando pie a presumir la superioridad de uno y la inferioridad de otro, lo cual conllevaría a maltratos y agresiones en la vida real. El paradigma para esta ecuación —errónea, por lo demás— es el 3er Reich: este gobierno consideraba que los arios son superiores al resto de las razas humanas y consideraba que esta era una razón aceptable para darles un trato preferencial y para exterminar al menos una de las otras. El trauma del Holocausto les impide pensar a las personas que, en realidad, considerar que una persona es mejor que otra no implica que querremos exterminar a quienes no son esta persona. Esta condición también se aplica sobre grupos de personas: yo puedo perfectamente creer que los zurdos son mejores que los diestros, pero esto no significa que querré eliminar a estos.

En alguna oportunidad he cuestionado abiertamente la pretendida igualdad de los géneros sexuales y la respuesta ha sido impresionante: en lugar de interponer argumentos en contra de lo que digo, me he encontrado con personas que insultan, gritan y maldicen como si hubiese ofendido a sus padres o los hubiera amenazado de muerte. ¿A qué se debe esta reacción irracional, propia de un animal en riesgo de muerte y no de una persona que está en desacuerdo con otra? El origen de este comportamiento está, obviamente, en una valoración que bloquea la función intelectiva de la mente: se asume que cuestionar la igualdad entre hombres y mujeres equivale a revivir el 3er Reich y que, por lo tanto, ya no cabe argumentar, sino que solamente insultar, gritar y maldecir.

Hace tiempo leí una nota periodística en la que se informaba acerca de los resultados de una investigación: concluía que la fuerza física de los hombres es, en promedio, superior a la de las mujeres. Algunos creerán que esta investigación «descubrió el agua tibia», pero la constatación científica de los hechos reales tiene importancia incluso para aquello que nos parece obvio. No obstante, las conclusiones de esta investigación contradicen la premisa de que hombres y mujeres son iguales o esa otra de que el género sexual es una construcción social. Si bien estas premisas son infundadas y contradictorias en sí, hay quienes creen ciegamente en ellas y las interponen como razones para justificar sus insultos, gritos y maldiciones contra quien las cuestione. Su afán es tanto que incluso están dispuestos a negar las conclusiones de la investigación científica con tal de defender sus amadas premisas, únicas defensas contra la destrucción de la raza humana completa.

Hace menos tiempo, encontré otra nota periodística (desde donde tomé la imagen de arriba) dando cuenta de una investigación que descubrió otra verdad evidente: el cerebro de un hombre procesa conexiones neuronales de forma distinta que el cerebro de una mujer. No sé si vale la pena mostrarles estas evidencia a quienes se niegan a aceptar que existan diferencias entre hombres y mujeres. De hecho, si ya hemos observado una y otra vez que estas personas responden de la misma manera —gritando, insultando y maldiciendo— cada vez que los contradicen, con o sin evidencia de por medio, deberíamos aceptar el hecho de que han decidido voluntariamente dejar de comportarse como humanos y, en concecuencia, empezar a tratarlos como si no lo fueran: no en el sentido de que los echemos a un corral, sino en el sentido de que no nos esforcemos en discutir con ellos ni en convencerlos. Presumo que ha de ser mejor ignorar a aquellos que simplemente se niegan a razonar y comunicarse solamente con quienes admiten las contradicciones. Claro, los irracionales también publican y esto es un problema, puesto que hacen proliferar los argumentos a favor de la irracionalidad y contribuyen a la clausura de un número cada vez mayor de mentes. Por otro lado, no se puede tomar el control de lo que es publicado y de lo que es entendido y de lo que es decidido por cada persona. Lo mejor que puede hacer una persona racional ante esto es argumentar convincentemente en contra de las premisas falsas de los irracionales y desechar, por defecto, sus habituales gritos, insultos y maldiciones: una ignorancia completa de su discurso parece inapropiada, pues. Resulta mejor concentrarse en los pocos argumentos que puedan articular —con mucha dificultad— y descartar, abiertamente o no, sus reacciones animalescas.